Tom Regan: La filosofía de los derechos animales

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La filosofía

de los derechos animales

 

 

 

Tom Regan

 





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Prólogo

He sido un activista vegano de los derechos de los animales durante unos 37 años. Tuve la suerte de que mi formación universitaria incluyera un tratamiento del trabajo de Tom Regan. Este último fue estudiado de cerca en la Universidad de Toronto en mi tesis doctoral, “Empatía y Racionalidad en la Ética”. Tuve el privilegio de ver al Profesor Regan hablar en numerosas conferencias. Al igual que con sus escritos, tuve la sensación inconfundible de que estaba aprendiendo de un pensador verdaderamente grande. La calidad superior de la escritura en este panfleto se encuentra y florece en sus muchos libros filosóficos, cuyo clásico fundamental es The Case for Animal Rights. Venero sus obras, pero también las cuestiono, en la tradición filosófica clásica.

Este último libro opera en la tradición de los derechos individuales, pero rompe con el viejo hábito cultural de considerar seriamente derechos solo para los seres humanos. Sin embargo, cualquiera que se tome en serio a los animales no puede dejar de encontrar profunda seriedad en las ideas de derechos individuales de Regan que se encuentran en este panfleto. Las vidas de los animales son importantes para ellos, independientemente de sus valores de uso para los humanos, afirma Regan. Los animales tienen valor independiente, se nos dice. No son meramente herramientas o recursos. Lo que les sucede a los animales les importa a ellos, como observa el Dr. Regan. Además, cada animal tiene por igual una vida que puede ir a mejor o a peor para ellos, y por lo tanto merece derechos iguales. Por lo tanto, Regan propone que extendamos los principios de justicia para incluir a los animales, y les otorguemos el derecho fundamental al respeto – del cual fluyen todos los demás derechos. Este enfoque en los derechos individuales sigue siendo épico, no disminuido por el desprecio incluso hacia los derechos humanos que ahora se está convirtiendo en una fuerza más fuerte en los asuntos globales.

Aparte de los derechos individuales para los animales, que Regan defiende de forma memorable y potente, su panfleto contiene lo que yo llamo “resonables”. Estas son ideas y temas que resuenan con personas que se toman en serio los derechos y el respeto. Son puntos que Regan destaca y que deberían resonar con gravedad para todos. Las mujeres y los negros no existen para servir a otros, ni tampoco los animales. Nadie con principios está contento con la “discriminación arbitraria”, los prejuicios injustos, ni el egoísmo. Estas notas tocan acordes comunes con todas aquellas personas que se dan cuenta en estos días aciagos, tras la muerte de Regan en 2017, de que no tenemos derecho a renunciar a los derechos. Cuando el mundo se vuelve duro, nuestra determinación moral debe endurecerse también. El Dr. Regan estaría de acuerdo.

Sin embargo, al escribir un panfleto llamado “La” Filosofía de los Derechos de los Animales, no necesitamos aceptar que el trabajo de Regan sea perfecto y útil de todas las formas para siempre. Permanecen cuestiones morales fundamentales. Regan no habría estado de acuerdo con la Ley de Bienestar Animal de Suecia de 1988, que intentó hacer incursiones importantes contra la ganadería industrial de cerdos, entre otras reformas. Las cerdas ya no estaban confinadas para la lactancia forzada. Sin embargo, con la nueva Ley, los cerdos en general están obligados a tener libertad de movimiento en lugar de compartimentos estrechos, acceso a paja y otra cama, alojamiento en grupo para acabar con la separación y el aislamiento de estos animales altamente sociales, y no más corte de cola de cerdos ni corte de dientes, aunque las prácticas de castración permanecieron. Aun así, estas medidas eliminaron grandes sufrimientos. Para ser claros, Suecia no prohibió todas las formas de ganadería industrial. ¿No deberían haberse abordado los sufrimientos y muertes particulares de los animales en Suecia en ese momento de esa manera, incluso dadas las deficiencias reales de la ley? En general, los animales mueren mucho más en la agricultura intensiva. Las tasas de mortalidad pueden llegar hasta el 15% mientras aún se maximizan las ganancias. Todavía podemos permanecer decididos a introducir los derechos de los animales cuando el mundo finalmente esté preparado para tal estado de cosas. Ahora es estupendo para los afortunados “animales de dentro” cuando prosperan mientras están protegidos por los nobles ideales de derechos de los animales en hogares activistas y santuarios. Sin embargo, es atroz cuando los desafortunados “animales de fuera” sufren injustamente las atrocidades absolutas de la ganadería industrial.

Regan escribe sobre la importancia de la compasión, la empatía y la simpatía en este panfleto. Pero The Case for Animal Rights más bien refleja la siguiente frase, también del propio panfleto: “La filosofía de los derechos de los animales exige solo que se respete la lógica”. Regan no enfatiza el cuidar en su libro insignia, como muchos feministas objetan. Ahora alguien podría fácilmente estar de acuerdo en que Regan es totalmente lógicamente autocoherente, mientras que ese mismo juez apenas se preocupa por los animales. Eso dejaría a los animales prácticamente sin nada útil. Sin embargo, el cuidado tiene sus propias preocupaciones en la ética también. Si “reflejas” empáticamente a alguien, un tema común en la ética del cuidado, ¿de qué vale eso si son corruptos o crueles? Las ideas puramente lógicas y los sentimientos puramente simpáticos conducen ambos a problemas morales. ¿Podemos hacerlo mejor en una única filosofía coherente?

¿Y qué “animales” cuentan en los derechos de los animales? Regan merece muchos aplausos en este aspecto. Regan es sabio al defender derechos para los perros pero no derechos para las amebas. Sin embargo, el dolor de las babosas también debería considerarse, como él tiene cuidado de sugerir. En su libro trabaja muy duro para justificar su postura sobre qué animales cuentan moralmente – “sujetos de una vida”, como él los llama – aunque permanecen cuestiones importantes. Sin embargo, con la filosofía, ¿no es una perogrullada señalar que siempre hay cuestiones importantes que plantear y considerar? Investiguemos más entonces, idealmente considerando a los animales con algo similar al “principio de respeto” de Regan, como él lo expresó acertadamente en The Case for Animal Rights...

Dr. David Sztybel
Maberly, Ontario, Canadá
Enero de 2026

 

 


Prólogo

El texto La Filosofía de los Derechos de los Animales, de Tom Regan, publicado originalmente en 1989, sistematiza y difunde, en un lenguaje más accesible, la tesis desarrollada en su libro The Case for Animal Rights (1983), una de las formulaciones más rigurosas, coherentes y exigentes de la ética de los derechos de los animales. La obra de Regan se inserta en un debate ya consolidado, en el que la publicación de Liberación Animal, de Peter Singer, en 1975, constituye un hito fundamental. Tanto The Case for Animal Rights como su síntesis posterior surgen, por tanto, en un contexto en el que la sintiencia animal, el problema del sufrimiento y la crítica al especismo ya estaban bien establecidos en el ámbito filosófico.

Regan da un paso más al formular una teoría de los derechos de los animales basada en el concepto de valor inherente y en la noción de «sujetos de una vida». Esta formulación no se limita a criticar prácticas particularmente crueles, sino que cuestiona la propia legitimidad moral de la explotación animal como tal, rechazando cualquier tratamiento que reduzca a estos individuos a meros medios para fines humanos.

Sin embargo, más de tres décadas después de la publicación de este texto —y cincuenta años después de Liberación Animal— nos enfrentamos a una contradicción histórica incómoda: nunca se ha producido tanto conocimiento científico y filosófico en el campo de la ética animal y, al mismo tiempo, jamás se han explotado tantos animales a escala industrial como hoy. La claridad teórica ha avanzado de manera extraordinaria; la conciencia social y las estructuras políticas, sin embargo, han permanecido muy por debajo de ese progreso.

Desde los años setenta, argumentos sólidos establecieron firmemente la sintiencia animal, desmontaron el especismo y pusieron de manifiesto la incoherencia moral de sistemas basados en la instrumentalización de seres sintientes. En el plano intelectual, la legitimidad ética de la explotación animal quedó profundamente socavada. Aun así, esta revolución conceptual no se tradujo en una transformación estructural de la sociedad.

La población en general, aunque más informada, sigue ampliamente integrada en patrones culturales y alimentarios que dependen de la explotación animal. Lo mismo ocurre con las élites políticas, económicas, artísticas y religiosas, que en su mayoría han mantenido intactos sus hábitos, discursos y alianzas. El sufrimiento animal se ha vuelto más visible, pero no prioritario; más conocido, pero no central.

Esta brecha puede explicarse, en parte, por la persistente ausencia de educación moral sobre los derechos de los animales, que sigue siendo notablemente poco común incluso en la enseñanza superior. Es poco probable que los estudiantes universitarios reciban alguna exposición sustancial o sistemática a la ética animal o a argumentos fundamentados en derechos; y, para quienes finalizan tales estudios —o ni siquiera tienen acceso a la educación possecundaria— estas cuestiones se vuelven aún más lejanas. Fuera de círculos académicos o activistas especializados, los argumentos basados en los derechos de los animales están ampliamente ausentes de los medios de comunicación tradicionales y del debate público. No obstante, esta brecha se manifiesta de manera más contundente en el plano político-institucional, donde, en muchos países, los órganos legislativos están fuertemente influidos —y con frecuencia, en la práctica, capturados— por poderosos grupos de interés económico, particularmente el complejo agroindustrial. Sectores cuya viabilidad económica está directamente vinculada a la explotación animal ejercen una influencia decisiva sobre elecciones, agendas legislativas y políticas públicas, reforzando el desfase entre conciencia ética y transformación estructural.

Esta configuración transforma el debate sobre los derechos de los animales en un terreno casi vedado, en el que las propuestas éticas chocan frontalmente con intereses económicos arraigados, dando lugar a avances lentos y discontinuos. Incluso iniciativas como el Lunes sin Carne, que propone reducir el consumo de productos de origen animal, se convierten en objeto de reacciones desproporcionadas precisamente por su carácter simbólico y educativo. Esta resistencia no se explica por el impacto práctico inmediato de la propuesta, sino porque rompe, aunque sea por un día, con la naturalización de la explotación y expone la posibilidad concreta de modelos alimentarios y culturales alternativos.

Este patrón de reacción y resistencia revela un dato crucial: los avances éticos en el ámbito de los derechos de los animales siguen dependiendo más de coyunturas históricas excepcionales que de estructuras permanentes de justicia. Cuando estas coyunturas excepcionales se cierran, el retroceso o el estancamiento tienden a prevalecer. Lo que debería constituir una política pública continua con frecuencia se convierte en un episodio aislado; lo que debería ser un derecho se transforma en una medida temporal.

Es aquí donde emerge una tensión que no podemos evitar. Tom Regan tiene razón en su diagnóstico moral; sin embargo, la experiencia histórica sugiere que exigirlo todo como condición previa para actuar conduce con frecuencia a avanzar muy poco —o casi nada—. A ello se suma un fenómeno recurrente en los movimientos políticos y éticos: críticas dirigidas no a opositores externos, sino a iniciativas de transición procedentes del propio campo de los derechos de los animales. Lejos de fortalecer la causa de la defensa animal, tales dinámicas tienden a fragmentar aún más un movimiento ya políticamente frágil, transformando convergencias potenciales en disensos internos, debilitando la capacidad de acción colectiva y desperdiciando oportunidades significativas de construir un terreno común para ayudar efectivamente a los animales.

Ante ello, se vuelve inevitable la pregunta: ¿debemos abstenernos de actuar mientras no sea posible hacerlo todo de una sola vez? Para Regan, las reformas graduales tienden a prolongar la injusticia al legitimar estructuras que deberían ser abolidas. La experiencia histórica, no obstante, sugiere que suspender o deslegitimar acciones eficaces, medibles y políticamente transformadoras en nombre de la pureza del ideal significa, en la práctica, aceptar la continuidad íntegra del daño que se afirma combatir.

Mantener la abolición del uso y de la explotación de los animales como horizonte normativo es fundamental. Pero confundir horizonte con condición inmediata de acción puede convertir la coherencia ética en parálisis política. Entre aceptar la injusticia tal como es y exigir su abolición inmediata, existe un camino intermedio. A lo largo de ese camino —imperfecto, disputado, gradual— las personas cambian sus hábitos y la propia manera en que se percibe a los animales empieza a transformarse. Este recorrido no relativiza la injusticia de la explotación animal; simplemente reconoce que un argumento moral, por correcto que sea, no se convierte automáticamente en cambio histórico. Transformaciones de este tipo dependen de disputas políticas concretas. Descalificar este espacio de transición no acelera la liberación animal; solo prolonga el statu quo.

Cada comida sin productos de origen animal servida en una escuela pública no es un gesto trivial. Se trata de una experiencia concreta que educa el paladar, normaliza alternativas, desplaza referencias culturales y amplía el campo de lo posible. Esto no sustituye la abolición de la explotación animal —pero prepara el terreno para que deje de parecer impensable—. Rechazar medidas de transición eficaces en nombre de la pureza teórica significa negar ayuda concreta a los animales que sufren en el presente —una postura que difícilmente aceptaríamos cuando se trata de injusticias cometidas contra seres humanos—. Este doble rasero revela un sesgo especista y un distanciamiento de la realidad vivida por los propios animales.

El texto de Tom Regan permanece como un faro ético indispensable al afirmar con claridad que la explotación animal es una injusticia que debe ser abolida, y no simplemente reformada. En el plano moral, su diagnóstico es inequívoco; en el plano histórico y político, sin embargo, la claridad del ideal no se traduce automáticamente en transformación social. Entre la afirmación del principio y el cambio efectivo de las prácticas es preciso construir puentes, aunque sean provisionales e imperfectos. Negarse a construir estas mediaciones en nombre de la coherencia absoluta puede preservar la integridad del discurso moral, pero no altera políticas públicas, no modifica prácticas sociales ni reduce el sufrimiento real e inmediato de miles de millones de animales.

Marly Winckler
Florianópolis, Brasil
Enero de 2026


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La postura de los derechos de los animales

Los animales no humanos que los seres humanos comen, utilizan en la ciencia, cazan, atrapan y explotan de diversas maneras tienen una vida propia que es importante para ellos, al margen de la utilidad que tengan para nosotros. No solo existen en el mundo, sino que son conscientes de él. Lo que les sucede les importa. Cada uno tiene una vida que puede irle mejor o peor a quien la vive.

Esa vida incluye una variedad de necesidades biológicas, individuales y sociales. La satisfacción de estas necesidades es una fuente de placer; su frustración o abuso, una fuente de sufrimiento. En estos aspectos fundamentales, los animales no humanos en los laboratorios y en las granjas, por ejemplo, son iguales a los seres humanos. Y, por ello, la ética de nuestra relación con ellos debe reconocer los mismos principios morales fundamentales que la ética de nuestra interacción con otros seres humanos.

En su nivel más profundo, la ética humana se basa en el valor independiente del individuo: el valor moral de cualquier ser humano no debe medirse por lo útil que resulte para promover los intereses de otros seres humanos. Tratar a los seres humanos de un modo que no respete su valor independiente supone violar el más básico de los derechos humanos: el derecho de cada persona a ser tratada con respeto.

La filosofía de los derechos de los animales exige solo que se respete la lógica. Pues cualquier argumento que explique de forma plausible el valor independiente de los seres humanos implica que los demás animales poseen ese mismo valor, y que lo poseen en igual medida. Y cualquier argumento que explique de forma plausible el derecho de los seres humanos a ser tratados con respeto implica también que esos otros animales tienen ese mismo derecho, igualmente.

Es cierto, por tanto, que las mujeres no existen para servir a los hombres, las personas negras para servir a las blancas, los pobres para servir a los ricos, ni los débiles para servir a los fuertes. La filosofía de los derechos de los animales no solo acepta estas verdades, sino que las afirma y las justifica. Pero esta filosofía va más allá. Al afirmar y justificar el valor independiente y los derechos de los demás animales, ofrece razones científicamente fundamentadas y moralmente imparciales para negar que estos animales existan para servirnos.

Una vez reconocida esta verdad, resulta fácil comprender por qué la filosofía de los derechos de los animales es inflexible en su respuesta a todas y cada una de las injusticias que sufren los demás animales. No son jaulas más grandes o más limpias lo que exige la justicia en el caso, por ejemplo, de los animales utilizados en la investigación científica, sino jaulas vacías; no una ganadería «tradicional», sino el fin completo de todo comercio con la carne de animales muertos; no la caza y captura «más humanas», sino la erradicación completa de estas prácticas bárbaras

Porque cuando una injusticia es absoluta, debe oponérsele una oposición absoluta. No fue una esclavitud «reformada» lo que exigía la justicia, ni un trabajo infantil «reformado», ni una subordinación «reformada» de las mujeres. En todos estos casos, la abolición fue la única respuesta moral. Limitarse a reformar una injusticia absoluta es prolongar la injusticia.

La filosofía de los derechos de los animales exige esta misma respuesta, la abolición, frente a la explotación injusta de los demás animales. No son los detalles de la explotación injusta los que deben cambiarse, sino la explotación injusta en sí misma la que debe terminar, ya sea en las granjas, en los laboratorios o en la naturaleza, por ejemplo. La filosofía de los derechos de los animales no pide nada más, pero tampoco se conformará con nada menos.


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RAZONES A FAVOR

DE LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES

Y SUS EXPLICACIONES

 


La filosofía de los derechos de los animales es racional.

Explicación: No es racional discriminar de manera arbitraria, y la discriminación contra los animales no humanos lo es. Está mal tratar a los seres humanos más débiles, en especial a quienes carecen de una inteligencia humana normal, como «herramientas», «recursos renovables», «modelos» o «mercancías». Por tanto, tampoco puede ser correcto tratar a otros animales como si fueran «herramientas», «modelos» y similares cuando su vida mental es tan rica como la de estos seres humanos, o incluso más. Sostener lo contrario es irracional.


«Describir a un animal como un sistema fisicoquímico de extrema complejidad es, sin duda, correcto, salvo porque deja fuera la “animalidad” del animal».

E. F. Schumacher

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La filosofía de los derechos de los animales es científica.

Explicación: Esta filosofía es respetuosa con la mejor ciencia disponible en general y con la biología evolutiva en particular. Como señaló Darwin, los seres humanos difieren de muchos otros animales «en grado, no en naturaleza fundamental». Dejando a un lado los problemas de delimitación precisa, resulta evidente que los animales utilizados en laboratorios, criados para la alimentación o cazados por placer o atrapados con fines lucrativos son, psicológicamente, nuestros parientes. No se trata de una fantasía, sino de un hecho respaldado por la ciencia.


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«No existe ninguna diferencia fundamental entre los seres humanos y los mamíferos superiores en sus facultades mentales».

Charles Darwin




La filosofía de los derechos de los animales es imparcial.

Explicación: Los racistas son personas que piensan que los miembros de su raza son superiores a los miembros de otras razas simplemente porque los primeros pertenecen a su raza (la «superior»). Los sexistas creen que los miembros de su sexo son superiores a los miembros del sexo opuesto simplemente porque los primeros pertenecen a su sexo (el «superior»). Tanto el racismo como el sexismo son paradigmas de intolerancia insoportable. No hay sexo ni raza «superior» o «inferior». Las diferencias raciales y sexuales son diferencias [sociales y] biológicas, no morales.

Lo mismo ocurre con el especismo, la idea de que los miembros de la especie Homo sapiens son superiores a los de cualquier otra especie por el mero hecho de pertenecer a la especie «superior». No existe ninguna especie «superior». Sostener lo contrario implica ser tan prejuicioso como los racistas o los sexistas.


«Si se puede justificar matar para comer carne, se pueden justificar las condiciones del gueto. Yo no puedo justificar ninguna de las dos».

Dick Gregory

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La filosofía de los derechos de los animales es justa.

Explicación: La justicia es el principio supremo de la ética. No debemos cometer ni permitir la injusticia para que surja un bien, ni violar los derechos de unos pocos para que muchos se beneficien. La esclavitud lo permitió. El trabajo infantil lo permitió. La mayoría de los ejemplos de injusticia social lo permiten. Pero no así la filosofía de los derechos de los animales, cuyo principio supremo es la justicia: nadie tiene derecho a beneficiarse como resultado de violar los derechos de otro, ya sea que ese «otro» sea un ser humano o algún otro animal.


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«Las razones para la intervención legal a favor de los niños se aplican con no menor fuerza al caso de esos desdichados esclavos: los (otros) animales».

John Stuart Mill




La filosofía de los derechos de los animales es compasiva.

Explicación: Una vida plena de ser humano exige sentimientos de empatía y simpatía; en una palabra, exige compasión por las víctimas de la injusticia, sean estas humanas o animales no humanos. La filosofía de los derechos de los animales exige la virtud de la compasión y, al aceptarla, fomenta su desarrollo. Esta filosofía es, en palabras de Lincoln, «el camino de un ser humano íntegro».

 

«La compasión en acción puede ser la gloriosa posibilidad que proteja nuestro planeta abarrotado y contaminado…»

Victoria Moran

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La filosofía de los derechos de los animales es altruista.

Explicación: La filosofía de los derechos de los animales exige un compromiso de servicio hacia quienes son débiles y vulnerables: aquellos que, sean humanos o animales no humanos, carecen de la capacidad de hablar por sí mismos o defenderse, y que necesitan protección frente a la codicia y la insensibilidad humanas. Esta filosofía requiere este compromiso, no porque sea de nuestro interés otorgarlo, sino porque es lo correcto. Por ello, esta filosofía exige, y su aceptación fomenta, el crecimiento del servicio altruista.

 

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«Necesitamos una filosofía moral en la que el concepto de amor, tan raramente mencionado hoy por los filósofos, vuelva a ocupar un lugar central».

Iris Murdoch




La filosofía de los derechos de los animales es fuente de realización personal

Explicación: Todas las grandes tradiciones éticas, tanto seculares como religiosas, enfatizan la importancia de cuatro aspectos: el conocimiento, la justicia, la compasión y la autonomía. La filosofía de los derechos de los animales no es una excepción. Esta filosofía enseña que nuestras decisiones deben basarse en el conocimiento, deben reflejar compasión y justicia, y deben tomarse libremente. No es fácil alcanzar estas virtudes ni controlar las inclinaciones humanas hacia la codicia y la indiferencia. Pero una vida plena de ser humano es imposible sin ellas. La filosofía de los derechos de los animales exige estas virtudes y, al aceptarla, fomenta el desarrollo de la realización personal.

 

«El espíritu compasivo no es un precepto externo muerto, sino un impulso vivo desde dentro; no es auto-sacrificio, sino realización personal».

Henry Salt

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La filosofía de los derechos de los animales es socialmente progresista.

Explicación: El mayor obstáculo para el florecimiento de la sociedad humana es la explotación de otros animales por manos humanas. Esto es cierto en el caso de la alimentación poco saludable, de la dependencia habitual del «modelo del animal completo» en la ciencia y de las muchas otras formas que adopta la explotación animal. Y no es menos cierto en el ámbito de la educación y la publicidad, por ejemplo, que contribuyen a insensibilizar la psique humana frente a las exigencias de la razón, la imparcialidad, la compasión y la justicia. De todas estas maneras (y más), las naciones permanecen profundamente atrasadas porque no logran atender los verdaderos intereses de sus ciudadanos.

 

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«La grandeza de una nación y su progreso moral pueden medirse por la manera en que se trata a sus animales».

Mahatma Gandhi




La filosofía de los derechos de los animales es ambientalmente sabia

Explicación: La causa principal de la degradación ambiental, incluido el efecto invernadero, la contaminación del agua y la pérdida tanto de tierras cultivables como de la capa superficial del suelo y otros efectos pueden rastrearse hasta la explotación de los animales. Este mismo patrón se repite a lo largo de una amplia gama de problemas ambientales, desde la lluvia ácida y el vertido de residuos tóxicos en los océanos, hasta la contaminación del aire y la destrucción de hábitats naturales. En todos estos casos, actuar para proteger a los animales afectados (que, al fin y al cabo, son los primeros en sufrir y morir a causa de estos males ambientales) es actuar para proteger la Tierra.

 

«Hasta que establezcamos un sentido real de parentesco entre nuestra propia especie y aquellos semejantes mortales que comparten con nosotros el sol y la sombra de la vida en este planeta agonizante, no habrá esperanza para otras especies, no habrá esperanza para el medio ambiente y no habrá esperanza para nosotros mismos».

Jon Wynne-Tyson

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La filosofía de los derechos de los animales es pacífica

Explicación: La exigencia fundamental de la filosofía de los derechos de los animales es tratar con respeto a los seres humanos y a los animales no humanos. Hacer esto requiere que no causemos daño a nadie únicamente para beneficiarnos nosotros mismos o para que otros se beneficien. Por ello, esta filosofía se opone completamente a la agresión militar. Es una filosofía de paz. Pero es una filosofía que extiende la demanda de paz más allá de los límites de nuestra especie. Pues se libra, cada día, una guerra contra millones y millones de animales no humanos. Defender verdaderamente la paz implica oponerse firmemente al especismo. Es un pensamiento ilusorio creer que puede existir la «paz en el mundo» si no logramos traer paz a nuestra relación con otros animales.

 

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«Si por algún milagro en toda nuestra lucha la Tierra se salva de una catástrofe nuclear, solo la justicia hacia todos los seres vivos salvará a la humanidad».

Alice Walker



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RAZONES EN CONTRA

DE LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES

Y SUS RESPUESTAS

 


Está equiparando a los animales con los humanos, cuando, de hecho, humanos y animales difieren enormemente.

Respuesta: No estamos diciendo que los humanos y otros animales sean iguales en todos los aspectos. Por ejemplo, no estamos diciendo que los perros y los gatos puedan hacer cálculo, ni que los cerdos y las vacas disfruten de la poesía. Lo que estamos diciendo es que, al igual que los humanos, muchos otros animales son seres psicológicos, con un bienestar experiencial propio. En este sentido, nosotros y ellos somos iguales. En este sentido, por lo tanto, a pesar de nuestras muchas diferencias, nosotros y ellos somos iguales.

 

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«Todos los argumentos para demostrar la superioridad de los humanos no pueden destruir este hecho irrefutable: en el sufrimiento, los animales son nuestros iguales».

Peter Singer




Está diciendo que todos los humanos y todos los demás animales tienen los mismos derechos, lo cual es absurdo. Las gallinas no pueden tener derecho a votar, ni los cerdos a recibir educación superior.

Respuesta: No estamos diciendo que los humanos y otros animales siempre tengan los mismos derechos. Ni siquiera todos los seres humanos tienen los mismos derechos. Por ejemplo, las personas con serias limitaciones mentales no tienen derecho a recibir educación superior. Lo que estamos diciendo es que estos y otros humanos comparten un derecho moral básico con otros animales: el derecho a ser tratados con respeto.

 

«Es destino de toda verdad ser objeto de burla cuando se proclama por primera vez».

Albert Schweitzer

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Si los animales tienen derechos, entonces también los vegetales, lo cual es absurdo.

Respuesta: Muchos animales son como nosotros: tienen un bienestar psicológico propio. Por lo tanto, estos animales tienen derecho a ser tratados con respeto. Por otro lado, no tenemos ninguna razón, y ciertamente ninguna científica, para creer que, por ejemplo, las zanahorias o los tomates aporten una presencia psicológica al mundo. Como todos los demás vegetales, las zanahorias y los tomates carecen de algo semejante a un cerebro o un sistema nervioso central. Debido a estas deficiencias, no hay razón para considerarlos seres psicológicos con capacidad de experimentar placer o dolor, por ejemplo. Por estas razones se puede afirmar racionalmente derechos en el caso de los animales y negarlos en el caso de los vegetales.

 

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«El caso de los derechos de los animales depende únicamente del requisito de la sensibilidad».

Andrew Linzey




¿Dónde se traza la línea? Si los primates y los roedores tienen derechos, entonces también las babosas y las amebas, lo cual es absurdo.

Respuesta: A menudo no es fácil saber exactamente dónde «trazar la línea». Por ejemplo, no podemos decir exactamente cuán viejo debe ser alguien para ser considerado viejo, o cuán alto debe ser alguien para ser considerado alto. Sin embargo, podemos decir con certeza que alguien que tiene ochenta y ocho años es viejo, y que otra persona que mide 2,15 m es alta. De manera similar, no podemos decir exactamente dónde trazar la línea cuando se trata de aquellos animales que poseen vida mental. Pero sí podemos decir con absoluta certeza que, dondequiera que se trace la línea sobre bases científicas, los primates y los roedores están de un lado (el lado con vida mental), mientras que las babosas y las amebas están del otro, lo cual no significa que podamos destruirlos sin reflexionar.

 

«En las relaciones de los humanos con los animales, con las flores, con todos los objetos de la creación, existe toda una gran ética apenas vislumbrada».

Victor Hugo

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Pero seguramente hay algunos animales que pueden experimentar dolor pero carecen de una identidad mental unificada. Dado que estos animales no tienen derecho a ser tratados con respeto, la filosofía de los derechos de los animales implica que podemos tratarlos como queramos.

Respuesta: Es cierto que algunos animales, como los camarones y los almejas, pueden ser capaces de experimentar dolor, pero carecen de la mayoría de las demás capacidades mentales. Si esto es cierto, entonces carecerán de algunos de los derechos que poseen otros animales. Sin embargo, no puede haber justificación moral para causar dolor a nadie si no es necesario. Y dado que no es necesario que los humanos coman camarones, almejas y animales similares, ni que los utilicen de otras maneras, no hay justificación moral para causarles el dolor que acompaña inevitablemente tal uso.

 

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«La cuestión no es: ‘¿Pueden razonar?’ ni ‘¿Pueden hablar?’, sino ‘¿Pueden sufrir?’».

Jeremy Bentham




Los animales no respetan nuestros derechos. Por lo tanto, los humanos no tenemos obligación de respetar los suyos.

Respuesta: Existen muchas situaciones en las que un individuo que tiene derechos no puede respetar los derechos de otros. Esto es cierto en el caso de los lactantes, los niños pequeños y los humanos mentalmente debilitados o perturbados. En esos casos no decimos que esté perfectamente bien tratarlos con falta de respeto porque no honran nuestros derechos. Por el contrario, reconocemos que tenemos el deber de tratarlos con respeto, aunque ellos no tengan el deber de tratarnos de la misma manera.

Lo que es cierto en los casos de lactantes, niños y otros humanos mencionados, no es menos cierto en los casos que involucran a otros animales. Es cierto que estos animales no tienen el deber de respetar nuestros derechos. Pero esto no elimina ni disminuye nuestra obligación de respetar los suyos.


«Llegará un momento en que personas como yo verán el asesinato de (otros) animales como ahora se ve el asesinato de los seres humanos». Leonardo Da Vinci

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Dios dio a los humanos dominio sobre los demás animales. Por eso podemos hacerles lo que queramos, incluyendo comerlos.

Respuesta: No todas las religiones representan a los humanos como poseedores de «dominio» sobre otros animales, y aun entre las que lo hacen, la noción de «dominio» debe entenderse como tutela altruista, no como poder egoísta. Los humanos deben ser tan amorosos hacia toda la creación como lo fue Dios al crearla. Si amáramos a los animales hoy como los humanos los amaron en el Jardín del Edén, no los comeríamos. Quienes respetan los derechos de los animales están emprendiendo un viaje de regreso al Edén: un viaje de retorno a un amor adecuado por la creación de Dios.

 

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«Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto que da semilla; os serán para comer».

Génesis 1:29




Solo los humanos tienen alma inmortal. Esto nos da derecho a tratar a los demás animales como queramos.

Respuesta: Muchas religiones enseñan que todos los animales, no solo los humanos, tienen alma inmortal. Sin embargo, incluso si solo los humanos fueran inmortales, esto solo demostraría que nosotros vivimos para siempre, mientras que otros animales no. Y este hecho (si lo es) aumentaría, no disminuiría, nuestra obligación de asegurar que esta, la única vida que tienen los demás animales, sea lo más larga y buena posible.

 

«No hay religión sin amor, y la gente puede hablar todo lo que quiera de su religión, pero si no les enseña a ser buenos y amables con otros animales además de con los humanos, todo es una hipocresía».

Anna Sewell

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Si respetamos los derechos de los animales y no los comemos ni los explotamos de otras maneras, ¿qué se supone que debemos hacer con todos ellos? En muy poco tiempo estarán corriendo por nuestras calles y hogares.

Respuesta: Entre 4 y 5 mil millones de animales se crían y matan cada año para alimentación solo en Estados Unidos [hoy: más de 85 000 millones de animales matados anualmente en mataderos a nivel mundial]. La razón de este número tan asombrosamente alto es sencilla: hay consumidores que comen grandes cantidades de carne animal. La oferta de animales satisface la demanda de los compradores.

Cuando triunfe la filosofía de los derechos de los animales y la gente se haga vegetariana, no debemos temer que miles de millones de vacas y cerdos pasten en medio de nuestras ciudades o en nuestros salones. Una vez que el incentivo económico para criar miles de millones de estos animales desaparezca, simplemente ya no habrá miles de millones de ellos. Y el mismo razonamiento se aplica en otros casos: en el caso de animales criados para la investigación, por ejemplo. Cuando prevalezca la filosofía de los derechos de los animales y deje de utilizarse a estos animales, también desaparecerá el incentivo económico para criarlos en millones.


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«El peor pecado hacia nuestros semejantes no es odiarlos, sino ser indiferentes con ellos. Esa es la esencia de la inhumanidad».

George Bernard Shaw




Incluso si otros animales tuvieran derechos morales y debieran ser protegidos, hay cosas más importantes que necesitan nuestra atención: el hambre en el mundo y el abuso infantil, por ejemplo, el apartheid, las drogas, la violencia contra las mujeres y la situación de los sintecho. Después de ocuparnos de estos problemas, entonces podremos preocuparnos por los derechos de los animales.

Respuesta: El movimiento por los derechos de los animales forma parte, no está separado, del movimiento por los derechos humanos. La misma filosofía que insiste en defender los derechos de los animales no humanos también insiste en defender los derechos de los humanos.

Además, a nivel práctico, la elección que enfrentan las personas reflexivas no es entre ayudar a los humanos o ayudar a los demás animales. Se puede hacer ambas cosas. Por ejemplo, las personas no necesitan comer animales para ayudar a los sintecho, ni necesitan usar cosméticos testados en animales para ayudar a los niños. De hecho, las personas que respetan los derechos de los animales no humanos, al no comerlos, estarán más saludables, lo que les permitirá ayudar aún más a los seres humanos.


«Estoy a favor de los derechos de los animales así como de los derechos humanos. Ese es el camino de un ser humano íntegro».

Abraham Lincoln

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Este folleto fue publicado por primera vez por Tom Regan en 1989 y distribuido por la Culture & Animals Foundation, fundada en 1985 por Tom Regan y su esposa Nancy Regan. Puedes conocer más sobre su trabajo en cultureandanimals.org.

 

Traducción realizada por Christian Koeder. Los comentarios entre corchetes son del traductor.

 

Las citas de personas famosas se mantienen como en el original, aunque muchas de ellas no pueden confirmarse como auténticas.

 

 

 


Lecturas recomendadas

La siguiente lista de lecturas no es de ninguna manera exhaustiva.

·        Melanie Joy: Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas: una introducción al carnismo (Traducido por Montserrat Asensio Fernández). Octava edición, revisada y ampliada. Madrid: Plaza y Valdés (2023)

·        Martha Craven Nussbaum: Justicia para los animales: una responsabilidad colectiva (Traducido por Albino Santos Mosquera). Barcelona: Paidós (2023)

·        Alejandro Ayala Polanco: El veganismo explicado a lxs niñxs. Santiago de Chile: Editorial Askasis (2022)

·        Oscar Horta: Un paso adelante en defensa de los animales. Segunda edición, revisada y ampliada. Madrid: Plaza y Valdés (2022)

·        Mikel Torres: Poder animal. Capacidades y derechos de los animales. Madrid: Plaza y Valdés (2022)

·        Valéry Giroux, Renan Larue, Malou Amselek Jaquet: Qué es el veganismo. Madrid: Plaza y Valdés (2021)

·        Alejandro Ayala Polanco: El libro de las ironías veganas. Santiago de Chile: Biblioteca de Chilenia (2019)

·        Sue Donaldson, Will Kymlicka: Zoopolis: una revolución animalista (Traducido por Silvia Moreno Parrado). Madrid: Errata Naturae (2018)

·        Tobias Leenaert: Hacia un futuro vegano. Un enfoque pragmático (Traducido por Scheherezade Surià López). Madrid: Plaza y Valdés (2018)

·        Steven M. Wise: Sacudiendo la jaula: hacia los derechos de los animales (Traducido por Carlos Andrés Contreras López). Segunda edición. Valencia: Tirant lo Blanch (2018)

·        Laura Barrera: Vegano yo? Consejos, claves y conceptos para adentrarse en el veganismo como en estilo de vida. Ciudad de México: Editorial Planeta Mexicana (2017)

·        Christian Koeder: Nutrición vegana: separando la evidencia de la creencia. North Charleston: CreateSpace (2017)

·        Tom Regan: En defensa de los derechos de los animales (Traducido por Ana Tamarit). Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica (2016)

·        Jonathan Safran Foer: Comer animales (Traducido por Toni Hill Gumbao). Barcelona: Seix Barral (2012)

·        Gary L. Francione: Animales ¿Propiedad o personas? (2009). Teoría & Derecho. Revista De Pensamiento Jurídico6, 31–59. https://teoriayderecho.tirant.com/index.php/teoria-y-derecho/article/view/262

·        Tom Regan: Jaulas vacías: el desafío de los derechos de los animales (Traducido por Marc E. Boillat de Corgemont Sartorio). Barcelona: Fundación Altarriba (2006)

·        J. M. Coetzee: Las vidas de los animales (Traducido por Miguel Martínez-Lage). Barcelona: Mondadori (2001)

·        Andrew Linzey: Los animales en la teología. Barcelona: Herder (1996)

 





Nota biográfica

El Prof. Dr. Tom Regan fue un hombre amable y generoso, y amigo de muchos. Filósofo de profesión y vocación, combinaba el rigor académico y la atención meticulosa al detalle con la pasión contagiosa de su convicción moral. Su vida y su obra se convirtieron en la brújula que guió a numerosas personas y seguirán inspirando a generaciones futuras. Cuando era joven, su propia vida se transformó gracias a un encuentro literario con Mahatma Gandhi, que marcó el inicio de su camino de consumidor de carne a ser vegano, llevándole a convertirse en uno de los defensores más influyentes de los animales no humanos de su generación.

Nacido en Pittsburgh, Pennsylvania, el 28 de noviembre de 1938, Tom Regan enseñó filosofía en la North Carolina State University durante 34 años. Escribió más de veinte libros —entre ellos The Case for Animal Rights (1983)— y cientos de artículos académicos, en los que desarrolló con gran detalle y maestría las ideas esbozadas en el presente texto. Su autobiografía en dos partes, The Bird in the Cage: A Glimpse of My Life, se publicó en el segundo volumen de la revista académica Between the Species en 1986. A través de innumerables conferencias por todo el mundo, ayudó al público a reconocer a vacas, cerdos, pollos, ovejas, cabras y otros animales no humanos como los seres únicos que son, no menos valiosos que tú o que yo. Falleció en Raleigh, North Carolina, el 17 de febrero de 2017.

Dr. Rainer Ebert
Houston, Estados Unidos
Diciembre de 2025








Posfacio

Derechos de los animales

Para mí, personalmente, el enfoque basado en los derechos de Regan es importante. Tanto los derechos morales (ideas) como los derechos legales (leyes) construyen una valla protectora alrededor de cada individuo. Se prohíbe a los demás derribar esa valla, sin importar lo que hayas hecho (como describe Regan en su libro Jaulas Vacías). Piensa en la persona más malvada que puedas imaginar (por ejemplo, Hitler). Estaría prohibido, por los derechos humanos, matarlo. Sí, tendría que ser encarcelado de por vida para mantener seguros a los demás. La idea de los derechos humanos —firmemente establecida tras la Segunda Guerra Mundial, al menos en teoría y a menudo en la práctica— es crucial para la supervivencia de la civilización moderna. Por civilización me refiero a la coexistencia pacífica y a los valores democráticos: discusiones, sí; desacuerdos, sí; secuestros, tortura, esclavitud, linchamientos, asesinatos, ejecuciones—todo esto: no.

La idea de los derechos de los animales—en el sentido de que rechaza todo sacrificio y exige el vegetarianismo, no solo por compasión personal sino como demanda política—se construye sobre la base de los derechos humanos. Por definición, los derechos animales incluyen los derechos humanos.

Existen otras ideas relacionadas que exigen respeto a los animales y vegetarianismo. Personalmente, las encuentro menos útiles. El término “liberación animal” pretende significar que rechazamos la opresión y explotación animal—no que (como supuso horrorizado un amigo mío) propusiéramos simplemente abrir todas las jaulas del zoológico y dejar que los tigres y cocodrilos mataran a todos—. La “liberación animal” es una idea de cambio social.

Cabe destacar que el enfoque utilitarista de Peter Singer, presentado en su libro Liberación Animal, permite algunas formas de explotación animal si son útiles para muchos otros. Esto va en contra de los derechos de los animales. De manera similar, la idea de rechazar el “especismo”, la discriminación hacia los animales porque es injusta, es lógica. Pero no es útil si tratamos mal a todos y nadie tiene derechos.

¿Un viaje a lo desconocido?

Si encuentras convincentes los argumentos de Regan y has decidido apoyar los derechos de los animales, el siguiente paso lógico es ser vegetariano, o realmente, vegano. Como defensores de los derechos de los animales y vegetarianos, nos movemos en un territorio interesante. El suelo es firme. Podemos tener confianza de que las dietas vegetarianas y veganas pueden ser saludables y seguras. Pero nos movemos en los bordes de un territorio bien explorado, a veces adentrándonos en lo desconocido. Aún no existe un país vegetariano —y mucho menos vegano— en la Tierra. Los derechos de los animales son moralmente convincentes (para muchos). También son legalmente posibles, pero solo si una mayoría de personas estuviera de acuerdo con nosotros. Hablamos de una utopía realizable: sabemos cómo construirla, pero es visionaria.

Para cambiar hacia dónde podríamos ir, debemos reconocer dónde estamos. Es como entrar en un territorio desconocido o en una “jungla” metafórica. Podría ser peligroso. ¿Por qué? Porque el cambio social trae consigo peligros y consecuencias no deseadas. Esto no es un problema exclusivo del “movimiento” vegano o de los derechos de los animales. Es una lección trágica aprendida de la lucha por los derechos civiles y los derechos de la mujer. El movimiento de derechos de los animales, sin embargo, es es único en su tipo. Aparte de ciertas religiones con reglas dietéticas, es el primer movimiento social que exige que cambiemos nuestra dieta. Es importante señalar que, durante muchas décadas, millones de personas ya han avanzado en este territorio vegano “desconocido”. Además, el territorio vegano se ha ido extendiendo y está creciendo en tierras previamente omnívoras.

No obstante, se han cometido muchos errores y se han aprendido muchas lecciones. ¿Por qué no usar este “conocimiento interno” y viajar más cómodamente? Se rumorea, y estoy de acuerdo, que hay dos áreas principales donde suelen surgir problemas: (1) nutrición y (2) vida social.

(1) Nutrición

Los primeros libros que combinaron las ideas de derechos de los animales y vegetarianismo son de finales del siglo XIX —en particular, el libro de Henry Salt Los derechos de los animales de 1892—. En aquella época, la ciencia de la nutrición apenas había nacido. Las vitaminas, esenciales para los humanos, se descubrieron en la primera mitad del siglo XX. La primera organización que se autodefinió como vegana, la Vegan Society en Inglaterra, se fundó en 1944. La última vitamina en ser descubierta —la vitamina B12— se aisló unos cuatro años después. Muchas ideas sobre nutrición de los libros vegetarianos clásicos del siglo XIX se han repetido en el movimiento vegetariano hasta hoy.

Mientras tanto, sin embargo, la ciencia de la nutrición ha descubierto varios problemas potenciales y sus soluciones. Usemos este conocimiento. Como científico en nutrición y vegano a largo plazo, recomiendo lo siguiente. Llamémoslas las seis reglas de oro de la nutrición vegana:

1)      En lugar de productos animales, comer legumbres y alimentos a base de legumbres (por ejemplo, tofu, leche de soja).

·        Las legumbres son excelentes fuentes de proteínas, hierro y zinc.

2)      Tomar un suplemento de vitamina B12 —a menos que consumas alimentos fortificados con B12 más o menos a diario—.

·        Tomar unos 10–50 µg al día o unos 2.000 µg una vez por semana.

3)      Obtener suficiente vitamina D mediante un suplemento (unos 20–25 µg al día) o con luz solar.

4)      Obtener suficiente yodo mediante sal yodada, algas (por ejemplo, nori, wakame) o un suplemento (100–150 µg al día).

5)      Intentar consumir regularmente una fuente de ácidos grasos omega-3, por ejemplo, aceite de lino, aceite de colza (canola), nueces o semillas de cáñamo.

6)      Consumir alimentos ricos en calcio a diario, por ejemplo, alimentos fortificados con calcio, col china, bok choy o brócoli.

Notas:

  • Un suplemento multinutriente vegano puede ser práctico, ya que contiene vitamina B12, vitamina D y yodo.
  • La vitamina B12 es la más importante. La mayoría de los ovo-lacto-vegetarianos también debería tomar un suplemento de B12.
  • Una dieta saludable incluye abundante fruta, verduras, cereales integrales y legumbres, así como frutos secos/semillas y aceites vegetales saludables.
  • Puedes encontrar más información en ivu.org o vegansociety.com.

 

(2) Vida social

Cuando le preguntaron a Donald Watson, el hombre que acuñó la palabra “vegano”, “¿Qué es lo más difícil de ser vegano?”, respondió que “Bueno, supongo que es el aspecto social”.

Cuando te conviertes en vegetariano —y especialmente vegano— puedes encontrarte con “problemas” tanto con omnívoros como con veganos. Algunos omnívoros serán comprensivos. Pero otros podrían enfadarse, sentirse ofendidos, molestos o “a la defensiva”. Algunos intentarán culpar a tu dieta vegana de cualquier pequeño problema de salud que tengas.

En 1944, Donald Watson escribió: “Podemos estar seguros de que, si algo tan solo como un granito llegara a aparecer y estropeara la belleza de nuestra forma física, será totalmente debido, a ojos del mundo, a nuestra propia tontería por no comer ‘alimentos adecuados’.”

Conocer a otros vegetarianos, veganos y defensores de los derechos de los animales puede ser estupendo. Pueden compartir consejos, brindar apoyo moral y, a menudo, son personas maravillosas. Sin embargo, estamos hablando de un grupo verdaderamente diverso. Es probable que conozcas veganos y luego encuentres algunas de sus opiniones o rasgos de personalidad bastante “interesantes” (como se dice en Inglaterra) o “horribles” (como decimos en Alemania).

Los humanos son conocidos por ser difíciles. Ser vegetariano, vegano o defensor de los derechos de los animales puede complicar las cosas. Pero seguir unas pocas reglas básicas puede facilitarlo. A continuación, algunos consejos. Llamémoslas las cuatro reglas de oro para no volverse loco:

1)      No predicar. Millones de veganos lo han intentado y fracasado. Opta por “enseñar con el ejemplo”, intenta ser un “vegano alegre”, usa el “activismo amable”. Evita el “activismo agresivo”.

2)      Conoce tus límites. Pide ser respetado. Respeta a los demás. Tolera las diferencias de cada uno. No se llamaría “tolerancia” si fuera fácil.

3)      Conoce a otros vegetarianos y veganos —con frecuencia pueden ayudarte—. No esperes que sean perfectos o un “genio en una lámpara”.

4)      Cuida tu salud. No seas fanático. Nada en la vida es 100% consistente.

 

¿Cuál es la conclusión?

En términos de nutrición, las dietas veganas pueden ser muy saludables, pero, por supuesto, una dieta vegana no es automáticamente saludable. Los factores clave son asegurarse de obtener los nutrientes esenciales, especialmente la vitamina B12, y que, idealmente, tu dieta se centre principalmente en “alimentos integrales”. Una pregunta centenaria que aún aparece a veces es: “¿Son los humanos omnívoros anatómicamente?”. Pero desde el punto de vista de la epidemiología nutricional moderna —estudios de nutrición con humanos— esa pregunta no es relevante en absoluto. Esta pregunta también es altamente simplificada. La pregunta correcta es: ¿Qué muestran los estudios con veganos? Muestran que las dietas veganas pueden ser muy saludables. En cuanto al aspecto social, nunca en la historia ha sido más fácil, cómodo y socialmente aceptado ser vegano. En mi opinión, puede ser útil aceptar una “paradoja ética”: por un lado, defender los derechos de los animales, reconocer que los derechos de los animales exigen vegetarianismo, y que el vegetarianismo consistente implica veganismo; por otro lado, sostener la idea de que cada persona tiene derecho a elegir su propia dieta. Lógicamente, esto puede parecer inconsistente. Puede parecer que se hace una demanda política por los derechos de los animales mientras, al mismo tiempo, se tolera generosamente la violación de esos derechos. Pero es una estrategia que puede ayudar a los omnívoros a “tolerar” tus puntos de vista, lo que facilita tu vida y puede ayudarte, a modo de paráfrasis de Colleen Patrick-Goudreau, a ser un “vegano alegre”. También puede ayudar a los animales, porque construye puentes hacia los derechos de los animales en lugar de levantar muros. Personalmente, me gusta este enfoque. No me gustan los enfoques sectarios, auto-sacrificantes, auto-torturantes, trabajólicos, al estilo mártir. En palabras de Mefistófeles, en la obra Fausto de Goethe, a comienzos del siglo XIX: “no hay que atormentarse demasiado ansiosamente”. Y esto lo dice Mefistófeles —una especie de demonio y espíritu nihilista—. Si no te gustan los demonios, ve con Donald Watson. A los 94 años, cuando le preguntaron por sus propios logros, dijo: “Ser hedonista, siempre que no me haga daño a mí mismo, a otras personas, a los animales ni al planeta.”

Dr. Christian Koeder
Ellwangen, Alemania
Febrero de 2026