Voltaire: Del mal, y en primer lugar de la destrucción de los animales (1772)


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Este pasaje de Voltaire parece ser una de las primeras críticas filosóficas al consumo de carne en la literatura de la Ilustración europea.

Procede de un ensayo relativamente oscuro de Voltaire, escrito en agosto de 1772. En muchas ediciones de las Œuvres complètes (obras completas) de Voltaire este texto no aparece. No obstante, el ensayo parece ser una obra auténtica de Voltaire.

El título original del ensayo es Il faut prendre un parti, ou le principe d'action. Diatribe. En dicho ensayo, la sección XV lleva por título Du mal, et en premier lieu de la destruction des bêtes. Esta sección trata del sufrimiento animal y de la matanza de los animales para la alimentación.

Quizá me equivoque al calificar este ensayo de oscuro (poco conocido), pero me llevó cierta investigación dar con la versión francesa original en un libro digitalizado. El ensayo aparece en algunas ediciones tardías de las obras filosóficas de Voltaire, en particular las basadas en la edición establecida por Adrien‑Jean‑Quentin Beuchot.

Encontré el texto francés original en el volumen 28 de la edición Garnier (París) de 1879, titulada Œuvres complètes de Voltaire : avec notices, préfaces, variantes, table analytique, les notes de tous les commentateurs et des notes nouvelles, conforme pour le texte à l'édition de Beuchot, enrichie des découvertes les plus récentes et mise au courant des travaux qui ont paru jusqu'à ce jour (páginas 534-535).

Una nota a pie de página en esta edición francesa de 1879 indica: «En su último manuscrito, el autor había corregido el título de la siguiente manera: Il faut prendre un parti, ou du principe d'action et de l'éternité des choses, par l'abbé de Tilladet. El propio Voltaire, en el párrafo XVI, data este escrito en agosto de 1772. [...].» (página 517)


A continuación se ofrece una traducción al español a partir del francés:


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[...]

HAY QUE TOMAR PARTIDO

o

EL PRINCIPIO DE ACCIÓN

DIATRIBA

1772

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XV. — Del mal, y en primer lugar de la destrucción de los animales.

Jamás hemos podido formarnos idea del bien y del mal sino en relación con nosotros mismos. Los sufrimientos de un animal nos parecen males porque, siendo animales como ellos, juzgamos que seríamos muy de compadecer si se nos infligiesen los mismos. La misma lástima nos daría un árbol si se nos dijera que padece tormentos cuando se le tala, o una piedra, si supiésemos que sufre cuando se la labra; pero compadeceríamos al árbol y a la piedra mucho menos que al animal, por parecernos menos a nosotros. Es más: pronto dejamos de conmovernos ante la horrible muerte de los animales destinados a nuestra mesa. Los niños que lloran la muerte del primer pollo que ven degollar, se ríen del segundo.

En fin, es harto cierto que esta repugnante matanza, desplegada sin cesar en nuestras carnicerías y en nuestras cocinas, no nos parece ningún mal; muy al contrario, contemplamos ese horror, con frecuencia pestilente, como una bendición del Señor, y aún tenemos oraciones en las que se le dan gracias por esos asesinatos. Y sin embargo, ¿qué hay más abominable que alimentarse continuamente de cadáveres?

No solo pasamos la vida matando y devorando lo que hemos matado, sino que todos los animales se degüellan entre sí; a ello les impulsa una atracción invencible. Desde los insectos más pequeños hasta el rinoceronte y el elefante, la tierra no es más que un vasto campo de guerras, emboscadas, masacres y destrucción; no hay animal que no tenga su presa, y que, para apoderarse de ella, no emplee el equivalente de la astucia y la saña con que la execrable araña atrae y devora a la inocente mosca. Un rebaño de ovejas destruye en una hora más insectos, al pastar, que hombres hay sobre la tierra.

Y lo más cruel de todo es que, en esta horrible escena de matanzas incesantes, se advierte con claridad un designio formado para perpetuar todas las especies mediante los sangrientos cadáveres de sus enemigos mutuos. Estas víctimas no expiran hasta que la naturaleza ha procurado cuidadosamente proveer de otras nuevas. Todo renace para el asesinato.

Sin embargo, no veo entre nosotros ningún moralista, ninguno de nuestros loquaces predicadores, ninguno siquiera de nuestros tartufos, que haya hecho la menor reflexión sobre esta costumbre atroz, convertida ya en segunda naturaleza. Hay que remontarse al piadoso Porfirio y a los compasivos pitagóricos para encontrar a alguien que nos avergüence de nuestra sangrienta glotonería; o bien hay que viajar entre los brahmanes: pues en cuanto a nuestros monjes, a quienes el capricho de sus fundadores llevó a renunciar a la carne, son asesinos de lenguados y rodaballos si no lo son de perdices y codornices; y ni entre los monjes, ni en el Concilio de Trento, ni en nuestras asambleas del clero, ni en nuestras academias, se ha caído todavía en la cuenta de llamar mal a esta carnicería universal. No se ha pensado en ello más en los concilios que en las tabernas. El Gran Ser queda, pues, absuelto entre nosotros de esta matanza, o bien nos tiene por cómplices.

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